Introduccion del libro descubrir el asperger de Ramon Cererols

INTRODUCCIÓN

En una revisión médica en la escuela, alrededor de los diez años, me detectaron una miopía en ambos ojos. Mis padres me llevaron a graduar la vista para encargar unas gafas. Cuando las fui a buscar y me las puse, me pareció como si de repente me hubiesen llevado a otro mundo. Todo era diferente. Los objetos se me aparecían con una definición insólita y descubría en ellos multitud de detalles nuevos. En los rótulos lejanos, las letras y los números que tanto me fascinaban, recuperaban su tipografía, el relieve, la textura. Me di cuenta que hasta entonces yo había estado viendo mal las cosas, y que, curiosamente, no era consciente de ello.
Con el tiempo supe que había personas que percibían los colores de manera diferente, y que les resultaba difícil distinguir algunos colores que las otras personas separaban fácilmente. De hecho, es un trastorno relativamente frecuente, que se encuentra más a menudo en los hombres, debido a que está asociado a una mutación del cromosoma X. Otros fenómenos relacionados con la visión no son tan conocidos, como la sinestesia color-grafema, en la que las letras o los números se ven como si estuviesen pintados cada uno de un color determinado.
Algunas de las personas que experimentan estos fenómenos, a veces tardan en ser conscientes que sus percepciones son distintas de las de los otros, especialmente cuando la diferencia con la “normalidad” —entendida simplemente como lo que es más frecuente— es pequeña. La criatura con cierta ceguera cromática, cuando le piden el lápiz rojo, tendrá que hacer un esfuerzo para distinguirlo del verde, porque sólo aprecia pequeños cambios de tono o de intensidad, pero a menudo acabará consiguiéndolo. Quizás pensará que sus dificultades son debidas a no ser tan hábil o observador como sus compañeros, la cual cosa le puede generar complejos que pueden afectar a su aprendizaje y a su vida, especialmente si recibe la burla de sus compañeros, o la crítica y el castigo de sus superiores.
Pero tarde o temprano alguna circunstancia le hará adquirir consciencia del hecho. Quizás por un comentario, quizás por leer alguna documentación en la que se describa el fenómeno, quizás en una inspección ocular porque alguno de los padres o maestros haya observado la anomalía. Sea como sea, en el momento que esto le pase, se sentirá como yo el día que estrené mis primeras gafas. Será como si se despertase de golpe y se diese cuenta que no era que fuese torpe o que no se esforzase lo suficiente, sino que simplemente tenía una percepción diferente de las cosas y no lo sabía.
Ya de mayor, cuando he ido conociendo otros tipos de diferentes percepciones sensoriales, me llamaba la atención observar que las personas que las experimentaban podían pasar mucho tiempo sin ser conscientes de la naturaleza real de su problema. Algunos, como los daltónicos, suelen descubrirlo ya en su etapa escolar, pero otros fenómenos más sutiles o relacionados con experiencias más internas, de las que no se suelen comentar abiertamente, pueden permanecer desconocidas paral afectado y los que le rodean hasta bastante más adelante.
 Descubrir El Asperger
Te explicaré un caso más sorprendente, pero para esto tengo que pedirte un pequeño esfuerzo de imaginación. Imagina por un momento que existiese un trastorno mental de nacimiento, incurable, producido por una alteración en la estructura y funcionamiento del cerebro, que afectase totalmente a la manera como la persona capta el mundo, que le dificultase la formación de imágenes mentales de los demás y de él mismo, dificultándole así sus relaciones con las demás personas, que le obligase a un esfuerzo continuo para llegar a entender racionalmente lo que a los otros les viene dado por la naturaleza, que por ejemplo no pudiese recordar las caras, que no utilizase el lenguaje para pensar, que necesitase la rutina y temiese cualquier cambio imprevisto, ni que fuese de cosas positivas.
Imagina que la persona que lo sufre no es consciente del trastorno, y que piensa, como el niño daltónico de antes, que es un problema personal de carácter, y que como consecuencia de ello pasa por la vida autoculpándose de las cosas que no es capaz de hacer, o todavía peor, de las que ha hecho mal. Imagina que día tras día intenta esconder a todos este interior suyo que le avergüenza, mostrando una fachada que pueda parecerse a la manera como son los demás, una fachada que es al mismo tiempo una barrera que le hace vivir en una actuación constante, dentro de un personaje que no es el. Imagina que esta situación no hace sino aumentar su problema generándole ansiedad y depresión.
Imagina, además, que no se trate de un trastorno excepcional sino relativamente corriente, que afecta en todo el mundo a una de cada cien personas. Dicho de otra manera: unas 400.000 personas en España y unos 60 millones en todo el mundo. Y imagina aunque estuviese claramente identificado en el DSM-IV-TR3, que es el manual utilizado como referencia habitual por psicólogos y psiquiatras de todo el mundo para clasificar los trastornos mentales, pero que a pesar de ello fuese relativamente desconocido en todas partes, y en especial en nuestro país, incluso en colectivos que deberían estar implicados en ello.
Pues bien, si me has seguido, lo que has imaginado no es ninguna ficción, sino la realidad del Asperger, el trastorno que yo no conocía y del que no me he apercibido hasta hace tan sólo un año, cuando ya estoy cerca de los sesenta. Cuando lo descubrí, como cuando estrené las gafas, tuve una visión nueva del mundo, pero sobre todo una nueva visión de mi mismo. Por fin todo tiene un sentido, una razón. Mi pasado adquiere un significado diferente, y me permite vivir el presente con paz interior, y afrontar el futuro con una estrenada serenidad.
El descubrimiento me provocó una imparable necesidad de investigar el fenómeno, de buscar tanta información como pudiese encontrar, de asimilarla, de transportarla a mi vivencia. En cierto modo, me hacía falta reconstruir mi vida. Con una obsesión que ahora sé que es uno de los síntomas del trastorno, empecé a estudiar todos los libros, estudios y artículos que encontraba, al tiempo que me esforzaba en recordar el pasado que había ido borrando.
Como hacía cuando quería estudiar cualquiera de las cuestiones que me apasionaban, establecí un método de trabajo. Así, creé un documento en el que iba recogiendo y estructurando todo lo que aprendía. Aunque el objetivo inicial era terapéutico, de auto-descubrimiento, y por tanto no tenía otro destinatario que yo mismo, siempre he creído que la mejor manera de estudiar cualquier asunto es plantearlo como si tuviese que explicarlo a alguien, y así lo hice.
A medida que fui avanzando, me di cuenta que el documento cumpliría un segundo objetivo. En mi interior iba creciendo la necesidad de hacer conocer a las personas de mi alrededor lo que me pasaba. Este hecho es una parte importante de mí, sin él no se me puede entender. Todo el mundo tiene un cierto deseo de persistencia de nuestro paso por este mundo, y la mínima persistencia que se puede conseguir es que las personas de nuestro entorno nos recuerden, y para esto es necesario que sepan como éramos, y que comprendan por qué actuamos como lo hicimos.
Ahora bien, explicarlo es complicado. El daltónico puede hacerlo fácilmente, basta que le diga a cualquiera: soy daltónico. La mayoría de la gente sabe en qué consiste el daltonismo y cual es su repercusión en la percepción visual de quien lo padece. Pero si le digo a alguien el nombre de lo que tengo, lo más probable es que no lo haya oído nunca, o si lo conoce, quizás sólo tenga una información parcial o desviada de la realidad. Si quiero explicárselo bien, necesito tiempo y confianza para describir cosas que, precisamente, a mi me cuesta más comunicar.
También puede suceder que quien me escuche no me crea. Pensará que no soy más extraño que otras personas, que cada cual tiene sus rarezas, que de acuerdo que soy muy introvertido, con poca afición o habilidad para la relación social y la práctica de los deportes o actividades físicas; pero que ello no tiene nada de especial, ya que he completado unos estudios superiores, he creado una familia, tengo un buen trabajo. Pensará que todo ello no es más que una excentricidad. También a ellos se lo podré explicar mejor con este libro.
He dicho antes que el objetivo del libro era ser una herramienta terapéutica personal y al mismo tiempo una vía de expresión. Pero a medida que lo escribía, quise motivarme pensando que, además, el libro podía llegar a ser útil a otros afectados, familiares, y asociaciones, o incluso a los otros, aquellos a los que nosotros llamamos neurotípicos —llamados también “normales”—, para que comprendan esta diferencia, y comprendiéndola, aprendamos todos juntos a aceptar las otras diferencias de todo tipo, de lengua, de religión, de sexo, de color de la piel, de valores, costumbres, limitaciones físicas o psíquicas, etc., y así podamos convivir mejor todos juntos. Al fin y al cabo, entendiendo a los demás es como podemos llegar a entendernos a nosotros mismos.